Esta nueva entrega de la historia de los Masters conquistados por los golfistas españoles tiene todo que ver con el saldo de una cuenta pendiente por parte de Sergio García, un jugador excepcional, de una calidad extrema que le llevó durante años y años a ubicarse en los primeros puestos del Ranking Mundial, con decenas de triunfos en torneos muy importantes pero al que, ay, le faltaba un ‘Grande’ en su impresionante palmarés.
En 1999, todavía participando como amateur, Sergio García acompañó en las fotografías al campeón profesional, ofreciendo una imagen de presente y futuro de éxitos del golf español en Augusta. José María Olazábal se enfundaba su segunda chaqueta verde y Sergio anidaba el íntimo deseo de proclamarse campeón del Masters en el futuro, como profesional, tomando como partida el puesto 38 en que acabó en esa ocasión como aficionado.
Pero el tiempo pasaba y las ediciones se sucedían con más pena que gloria para el castellonense, que no ocultaba la frustración que le provocaba un campo elogiado por todo el mundo pero en el que no se encontraba a gusto. Incluso llegó a compadecerse de sí mismo, manifestando en público que creía no tener “lo necesario para ganar un grande”, sumando cuatro ocasiones como subcampeón de “majors”.
En Augusta, sólo en cinco ediciones había terminado bajo par y contaba con tres posiciones entre los diez primeros –cuarto en 2004 y octavo en 2002 y 2013– en diecisiete participaciones.
Unos antecedentes que generaban inquietud
Estos antecedentes no eran el mejor escenario para esperar algo destacado de Sergio García, a pesar de que su calidad nadie puede discutirla y que se refleja de forma contundente en el Ranking Mundial.
Con este panorama dio comienzo un Masters que contó con una emotiva ceremonia de despedida-homenaje a Arnold Palmer, fallecido en septiembre de 2016 a los 87 años, y donde se anunciaba la ausencia por lesión del número 1 mundial, Dustin Johnson.
La primera jornada ofreció buenas noticias para el golf español, con un inicio muy prometedor de Sergio García (71) en un día complicado, un lucido debut en Augusta de Jon Rahm (73) y la meritoria pelea de Rafael Cabrera-Bello (75) y José María Olazábal (77) para asegurarse jugar las cuatro vueltas. El castellonense era cuarto con magníficas sensaciones (un birdie, sin errores), detalle más importante que la distancia que le separaba del líder, Charley Hoffman, quien con su 65 tomaba el primer bastón de mando.
A mitad de torneo crecieron las expectativas españolas a través de Sergio, que con un sensacional inicio (tres birdies) y casi idéntico final (dos birdies en cuatro hoyos), ascendió a compartir el primer puesto. Esta vez firmó 69 golpes en la jornada y dio caza a Charley Hoffman, que mantuvo el liderato con un 75, pero igualado con el español, Rickie Fowler y Thomas Pieters.
A estas alturas, Jon Rahm (70) no sólo se había asegurado jugar los cuatro días, sino que podía aspirar a dar guerra desde su -1, mientras Olazábal quedaba apartado del torneo con una vuelta de 76 y el canario Rafael Cabrera-Bello seguía el mismo camino con un golpe menos en el total, acompañando en este amargo viaje a otros destacados jugadores como Zach Johnson o Henrik Stenson, además del defensor del título, Danny Willett.
La tercera jornada sacudió la clasificación, como suele suceder, pero Sergio García siguió aferrado al mástil del liderato, en ese momento compartido con Justin Rose, segundo dos años antes. El castellonense volvió a jugar bajo par y el -6 que firmaba después de 54 hoyos únicamente lo igualaba su amigo Rose.
Una final de perfil netamente europeo
Era una final europea, para recordar el cambio experimentado en el Masters: desde que ganara Severiano Ballesteros en 1980, siete jugadores europeos habían vestido la chaqueta verde. Jon Rahm, entretanto, continuaba firmando un debut notable, sumando una tercera jornada de 73 golpes (bogey en el 16 y 17) para acumular el par del torneo, a seis golpes del mejor resultado.
José María Olazábal, transmitiendo el legado de Seve, tuvo el mismo gesto con Sergio García antes de afrontar la final y le dejó una nota en la que le pedía que creyese en sí mismo y no permitir que otras cosas influyeran, como había ocurrido en el pasado. "Significó mucho para mí y pensé que podría ayudar a Sergio en esa ronda final”, señaló Olazábal, bicampeón del Masters.
Después de tanta frustración de Sergio en Augusta, verlo en esta situación producía satisfacción, claro, pero también cierta desconfianza. No obstante, la ilusión tomó carta de naturaleza cuando Sergio inició la vuelta con birdie en el 1 y en el 3, que le colocaron con ventaja, aumentada a tres golpes merced al bogey de Rose en el 5.
Sin embargo, la jornada habría de ser larga y difícil, porque Rose enlazó tres birdies consecutivos del 6 al 8 para restablecer la igualdad en cabeza, que Sergio mantuvo salvando el par del 7 con un gran golpe desde el bunker.
Quedaban nueve hoyos y todo estaba como al principio del día, con Sergio y Rose jugándose el título mano a mano, porque Charley Hoffman se desfondó con 41 golpes en los últimos nueve para 78; Charl Schwartzel, ganador en 2011, tuvo una reacción tan brillante (cuatro birdies en los segundos nueve) como tardía, acabando tercero.
Paralelamente, Jordan Spieth, ganador de 2015, dimitía de la lucha por el triunfo acabando con 75 y fuera de los diez primeros, acompañando a Rickie Fowler, que inició la jornada a un golpe del liderato pero que con siete bogeys para 76 descendió al undécimo lugar.
También había que descartar a pesar de sus aciertos a Matt Kuchar (mejor vuelta del día con 67, hoyo en uno en el 16 incluido), Tomas Pieters (cuatro birdies del 12 al 15), Paul Casey y Rory McIlroy, que jugaron la final por debajo de 70 pero que no añadieron presión en la lucha por la chaqueta verde.
Nueve hoyos finales de infarto
Ya se sabe la incidencia que tienen los nueve últimos hoyos del Masters y el paso por el Amen Corner despertó las peores pesadillas, con dos bogeys consecutivos de Sergio en el 10 y 11 que le dejaban dos golpes por detrás llegando a los dos pares 5. No resolvió nada el 13, aunque pudo ser decisivo, porque el español tuvo que dropar entre matorrales para salvar el par y Rose no consiguió sacar ventaja de la circunstancia, haciendo también par.
El 15 lo afrontaron con ventaja del británico por un golpe, tras el birdie del español en el 14, que estaba dando una sensación de serenidad desconocida, como él mismo reconocería más tarde: “Nunca en un ‘grande’ había sentido esa calma”, dijo al término de la jornada.
Y en este antepenúltimo hoyo se pudo ver a otro Sergio, más tranquilo pero más enérgico, lejos de otras versiones que acabaron en desastre. Un eagle, celebrado con enorme rabia, permitía al español volver a compartir el primer puesto del Masters, ya que Rose hizo su trabajo con un sólido birdie. El castellonense había hecho caso del estímulo de Olazábal y no se vino abajo tras su desventaja y el momento más difícil de la final.
El carrusel característico de los últimos hoyos del Masters lo escenificó Rose con un birdie y un bogey para centrarse en el tee del 18 en la resolución del torneo, ya que Sergio no pudo igualar el birdie de su rival en el 16, pero igualó el resultado con un birdie de mucho mérito en el 17.
Quedaba el 18, un par 4 en el que ambos llegaron de dos a green, un poco más lejos el inglés. Rose no logró convertir su birdie por poco y Sergio tampoco acertó con el suyo, de unos 3 metros. Play-off.
La chaqueta verde esperaba. La gloria se hacía esperar un poco más y ante el desempate asomaron los fantasmas de Carnoustie diez años atrás, cuando perdiera ante Padraig Harrington el play-off por el Open Británico, aderezados con el infortunio que rumiaba el español, temeroso de perder otra gran ocasión.
Pero esta vez había algo diferente, que explicaría más tarde el propio Sergio, destacando el cambio de mentalidad con el que había afrontado este Masters: “En otros torneos habría empezado a quejarme después de algún fallo. Ahora he aprendido a aceptar las cosas. En el pasado he sido muy estúpido tratando de pelear contra algo que no se puede. Desde que he llegado al campo estaba muy calmado, más que ningún otro domingo de ‘major’. Incluso después de los dos bogeys sabía que estaba jugando bien y que tendría mis posibilidades”.
Sergio García y Justin Rose, a playoff
Lo cierto es que en el hoyo extra Justin Rose desvió su drive a los árboles y se vio forzado después a poner la bola en calle nada más, mientras que Sergio García alcanzó la calle del 18 y su segundo golpe reposaba en green a 4 metros escasos del hoyo. Desde medio metro más lejos jugó Justin Rose su putt de par, que no entró, por lo que Sergio disponía de dos opciones para conquistar el Masters.
Acertó con la primera, finalizando con un birdie que le proporcionaba su primera victoria en un “grande”, en el Masters. Apretó el puño mientras gritaba su felicidad: "Ha sido una semana asombrosa. Y voy a disfrutarla el resto de mi vida".
El “Niño” se había hecho mayor en la decimonovena ocasión que se veía las caras con el Augusta National. De poco importaba que hubiera necesitado 74 “majors” para llegar a la gloria, el campeón que más intentos ha necesitado para lograrlo.
Ahora asociaba su nombre a otros campeones que habían disfrutado de Augusta previamente como amateurs: Tommy Aaron, Charles Coody, Ben Crenshaw, Cary Middlecoff, Jack Nicklaus, José María Olazábal, Craig Stadler y Tom Watson.
Ya podía ver por el retrovisor como perdía el ácido sambenito de “mejor jugador del mundo sin ganar un Major”, que le perseguía. Y, lo más sobresaliente, lo había conseguido en un campo donde se había frustrado con asiduidad.
Justin Rose aceptó el revés con buen talante –"si hay alguien ante el que un golfista quisiera perder, es Sergio. Se merece esto. Ya se había llevado suficientes decepciones, dijo–", mientras que el español recibía gozoso este triunfo de relevancia con el que emulaba las hazañas de sus ídolos Olazábal y el difunto Severiano Ballesteros, el día en el que el mejor jugador de golf de la historia de España hubiera cumplido 60 años: “Es bonito conseguir por fin lo que merecía”.
Eclipsado por el triunfo de Sergio García, Jon Rahm completó un buen Masters finalizado en el puesto 27 (+3) después de una tarjeta final de 75 golpes (con triple bogey en el 18), confirmando sus palabras de que no iba al Masters de visita, sino a competir.
Por Jesús Ruiz